Entre los muchos factores que nos afectan a lo largo de
nuestra vida; uno de los que más cerca nuestro esta, es el olvido. Lo tenemos
con nosotros casi a diario, desde nuestros despistes cotidianos hasta la
perdida de recuerdos con el paso del tiempo.
No solemos tenerlo muy presente en nuestra mente; eso si,
hasta que sus consecuencias se hacen latentes y nos toca la fibra. Además de no
soportar que se olviden de nosotros, cuando van cayendo los años sobre nuestras
espaldas tendemos cada vez más a pensar sobre lo que hemos hecho; pero no porque
evaluemos si han sido buenas o no; sino por que intentamos mirar en ellas si
dejaron huella a quienes afectaron, o a quienes nos vieron llevarlas a cabo; en
definitiva, si seremos recordados.
Somos conscientes que nuestros hechos siguen vivos mientras
nosotros lo estemos; mientras nuestra memoria funcione; también somos conscientes
de que las personas que nos quieren y queremos; mientras estemos en la
"brecha", se acordaran de nosotros. ¿Pero que pasara cuando no
estemos? ¿Nos echaran de menos? ¿Recordaran quien era y que hice? Estas
preguntas llegan incluso a formar parte de una época de nuestra vida; la que
curiosamente coincide con el final; es en ese instante, cuando la mayoría de
nosotros empezamos a pensar sobre lo que fuimos dejando detrás.
Justo cuando no tenemos casi capacidad para enmendar errores
o simplemente disculparnos por nuestros fallos; y ante las perspectiva de
nuestro final, es cuando nos preocupamos por nuestra huella en la vida y en las
personas; por si hemos hecho bien o no; en lugar de haberlo hecho cuando
tenemos la oportunidad en el instante que ocurre, esto solo es una muestra más
de nuestro egoísmo y nuestra inconsciencia.
Tampoco podemos obviar el comportamiento de la memoria
humana, tan selectiva como caprichosa; solo reteniendo claramente los errores,
solo recordando el dolor; y medio olvidando los aciertos; no nos lo ponemos
fácil ni a nosotros mismos. No es que la empatía reine demasiado entre nosotros
normalmente, cuando entre nuestras tendencias se incluye la de tratar de
desvalorar lo que otros tengan mejor que nosotros, en lugar de mejorar lo
nuestro.
Sumando todo esto, como poco es irónico que el tiempo de
reflexión nos llegue al final de nuestra experiencia vital; cuando no podemos
hacer nada por cambiar las cosas; aun siendo testigos de otras realidades,
realidades tristes y cercanas como las producen el Alzheimer o el Parkinson;
las cuales en las personas que las padecen producen que su memoria, su vida y
su personalidad sean devoradas por el olvido sin piedad y sin retorno.
Será que vivimos a tal velocidad que o nos damos cuenta, o
pensamos que no nos toca; y no imaginamos vernos en estas situaciones; pero
puede pasar, y debemos tenerlo en cuenta; porque si para todos los que están
escribiendo las ultimas líneas de su destino es triste mirar atrás, ver errores
y no poder hacer nada por subsanarlos; es aún peor, no poder tan siquiera
acordarte de que fuiste alguien; de que hacías algo y de que tuviste una vida.
Quizás va siendo hora para todos, de hacer y pensar que hacemos; de discernir si
está bien o mal lo que hacemos; y de reparar cuando ocurren los daños y
errores; porque el olvido, es hermano del tiempo; no descansa y siempre pasa; y
al final, quienes realmente tienen que tener la consciencia tranquila; saber que
nuestro deber esta cumplido, descansar sabiendo que hicimos todo cuanto
podíamos y marcharnos bien estando en paz con el mundo, somos nosotros.